Área Profesional

Acompañamiento profesional al final de la vida

Todas las vidas tienen un final. Nuestra vulnerabilidad nos define como humanos, a fin de cuentas, la muerte forma parte de la vida. Pero en nuestra sociedad la experiencia de ese final de vida no siempre es buena, y en parte esto se debe a la excesiva euforia que tenemos respecto de las posibilidades de la ciencia y la técnica. Algunos llegan incluso a creer que, gracias a esas técnica y ciencia, morirse antes de los 90 años es culpa de alguien, una negligencia. A ello se añade que ese paciente eufórico respecto a las posibilidades tecnocientíficas no siempre tiene paciencia, no resiste ni el dolor, ni el sufrimiento y reclama, desde sus derechos, el deber de los profesionales que lo atienden de controlarlo todo.

Esta euforia y exigencia a los profesionales viene respaldada por una antropología y sociología que conciben al individuo como autosuficiente y para la que la condición de dependencia se ve y vive como carga y, por tanto, como vergonzosa. Parte pues de la mala experiencia que hoy tenemos de las pérdidas es, en definitiva, que vivimos en una sociedad que se quiere indolora y que cree que puede con todo. Exigimos frecuentemente una seguridad tal ante la contingencia de la vida, que los imprevistos indeseables nos dejan desconsolados y hasta inconsolables.

Y a pesar de que no siempre curamos, los cuidados continúan siendo esenciales. En el cuidar el paradigma biomédico debe completarse con la atención a los contextos, a lo social y lo psicológico. Nuestra sociedad, además, con la que con la incorporación de la mujer al mundo laboral, las políticas del cuidar no han resuelto las reivindicaciones feministas del sostenimiento de la vida. Ante esta dificultad de cuidar en la sociedad contemporánea, los profesionales se ven doblemente exigidos: han de curar y cuidar, rápido, eficientemente y sin cargar a la familia con cuidados que no siempre puede/quiere asumir.

Dada la inevitabilidad de nuestra vulnerabilidad y la falta de recursos morales para afrontarla, es fundamental que los profesionales estén preparados para acompañar a los pacientes y familiares en la aceptación de los límites y las pérdidas.

En esos momentos tan delicados, los profesionales pueden y deben ayudar mucho. Para empezar, no generando ni esperanzas infundadas, ni silencios patológicos cuando el paciente o los familiares necesitan hablar. Cuando técnicamente lo mejor que se puede hacer es dejar de hacer, aparecen los otros aspectos del cuidar: acompañar a saber poner fin a la biografía cuando la biología ya lo va poniendo por su cuenta. No siempre depende de uno cómo progresa la enfermedad, pero cómo acabar la propia historia sí depende de nosotros. Las políticas del reconocimiento nos hablan de eso. Una vida buena hasta el final pasa por poder narrar un relato de sentido.

Los profesionales, por tanto,  más allá de una formación técnica, tienen que saber acompañar a las personas, psicológica y socialmente, a través del proceso de enfermar, perder capacidades y al final también la vida. Los profesionales deben saber adecuarse a las necesidades de cada persona, saberla acompañar en ese proceso de reconstruir su vida para que pueda, el que se va, irse bien, y los que se quedan, continuar bien a pesar de la pérdida. La adecuación de los cuidados consiste en poner en el centro a la persona, con sus allegados, sabiendo que todo lo que se haga no es fútil, ni maleficente, ni paternalista.

Ello comporta la necesidad de formarse en el acompañamiento psicosocial y espiritual. En estas materias uno no puede dar lo que no tiene, y difícilmente puede tener si alguien no se lo ha dado o no le ha mostrado el camino para llegar. Los profesionales deben trabajarse ellos mismos estas cuestiones, pero deben atender las necesidades del paciente y a su familia, no proyectar su propia espiritualidad. El silencio y el saber estar receptivo (a veces son ellos los que deben ser “pacientes”) a la llamada y al momento oportuno requieren profesionales formados. Deben asimismo prevenir la fatiga por compasión: deben encontrar la forma de saber contener el dolor de los otros al mismo tiempo que drenar el suyo.

En definitiva, ser profesional del cuidar en los momentos tan delicados del final de vida y del duelo no es hoy solo una cuestión técnica, implica también conocimientos y actitudes éticas. Los profesionales deben trabajar, pero también trabajarse. Así pues, más allá de éticas de corrección deontológica; de respeto a los derechos y de cumplimento de deberes; más allá de cuidados por la fragilidad y de rendir cuentas de las consecuencias en otros de lo que hacemos necesitamos modular las maneras de ser, lo que los antiguos llamaban virtudes, es decir, disposiciones del carácter. Estas se adquieren en el entorno comunitario, con profesionales de referencia que predican con el ejemplo. Se aprende a cuidar, cuidando y con el ejemplo de otros. Se aprende a cuidar haciendo e imitando, a fuerza de voluntad pero también en el seno de una comunidad que reconoce el buen hacer, el buen servir, el saber estar.

Tenemos la suerte de contar con profesionales muy conscientes de la necesidad de formarse en estas necesidades de atender el final de la vida y acompañar en las pérdidas. Procuran que los que se marchan vivan bien hasta el final, reconciliados consigo mismos y con su familia. Y buscan que los que se quedan estén reconciliados con la despedida que tuvieron y la vivencia que se narraron. Jaime Gil de Biezma lo sabía: mueren en paz los que han amado mucho. Han amado la vida y por eso dejan bien su lugar a otros, y así sucesivamente.

Begoña Román Maestre. Facultad de Filosofía (UB). Presidenta del Comité de Ética de Servicios Sociales de Catalunya.