Área Profesional

"Humanizar la muerte da sentido a mi trabajo"

02/11/2016

Enfermera humanista, Montse Edo enseña a atender las necesidades espirituales de las personas en el momento de morir.

Una vez al año el calendario invita a recordar a los muertos y a ser conscientes de nuestra naturaleza finita, pero Montse Edo (Pla del Penedès, 1962) lleva más de 30 años haciendo este ejercicio a diario. Estudió Enfermería y Humanidades y nada más salir de la facultad empezó a asistir a enfermos terminales de cáncer. Ahora vuelca toda esa experiencia en la Escola Universitària d'Infermeria Gimbernat, donde da pautas de comunicación terapéutica y gestión emocional para que los futuros profesionales de la salud puedan detectar y responder a las necesidades emocionales y espirituales de las personas en sus últimos momentos de vida. Más allá de las paredes del hospital, sus reflexiones sobre cómo morir mejor también son útiles en la vida cotidiana.

-Enfermería y Humanidades, ¡qué buena combinación!
Creo que soy enfermera desde que nací, siempre he sentido el impulso de cuidar y ayudar al otro. Pero también me gusta mucho la filosofía. El proceso reflexivo, de hacerte preguntas, es importantísimo en el ámbito de la salud. No es «pienso, luego existo, sino pienso y siento, luego existo».

-Se estrenó en una unidad oncológica.
Tenía solo 22 años y la experiencia fue brutal. Las grandes lecciones de vida me las han dado personas mayores y niños que se estaban muriendo. Allí me di cuenta de que, una vez confortadas al máximo en el ámbito físico, muchas personas seguían sufriendo emocional e incluso espiritualmente.

-¿Espiritualmente?
No hablo de religión, sino del sentido de los que nos pasa. ¿Qué haces cuándo un enfermo te plantea que su vida no tiene sentido y que se quiere morir? ¿Quién se ocupa de esa angustia? A veces la emoción nos lleva a contestar cosas como: «¡Hombre, no diga estas cosas!».

-Se dice con la mejor intención, pero no ayuda.
Los profesionales de la salud tenemos que creer más en las personas. La gente es mucho más madura y si les damos un espacio para expresar ese sufrimiento, en general, mueren mejor. No se trata de intervenir más, sino de acompañar, de acoger ese sufrimiento. Lo importante es estar ahí, en actitud de escucha activa, para que las personas digan qué necesitan. Humanizar la muerte tiene un valor brutal y es lo que da sentido a nuestro trabajo.

-¿Todo el mundo está preparado para hacer este trabajo?
Es cuestión de hacer gimnasia emocional, de practicar la asertividad, la gestión emocional, la empatía compasiva, la presencia, el 'mindfulness'... No se trata de llegar al nirvana, pero si no reconoces tus propias emociones no podrás ayudar al otro.

-¿Se ha acostumbrado a la muerte?
Por muchas veces que lo hayas vivido, la muerte de una persona nunca te puede resultar indiferente, si no seríamos robots. Estás compartiendo un momento de intensidad emocional brutal, un momento sagrado en el sentido laico de la palabra.

-En cambio hablar de la muerte da yuyu.
Nos falta pedagogía de la vulnerabilidad, aceptar que somos mortales, que tenemos partes débiles y que esto no es malo, que esto es ser humano. Se puede vivir mejor si normalizamos que la muerte forma parte de la propia vida. Yo soy muy vital, no tengo ningunas ganas de morirme, pero tengo muy claro qué música quiero escuchar cuando me muera, a quién quiero tener cerca, a quién no quiero ni ver, incluso la mantita con la que me quiero tapar.

-¿Aconseja hacer este ejercicio?
Sí, porque creo que se puede vivir mucho mejor si tienes más normalizado que la muerte forma parte de la propia vida. ¿No se dice «mi vida es mía»? Pues la muerte también. Hay que revindicar la propia muerte y no me refiero a la eutanasia, sino a las cosas más cotidianas y prácticas.

Entrevista realizada por Gemma Tramullas en Gente Corriente de El Periódico