Área Profesional

La muerte es temida, pero necesaria para la vida

Aunque existen enormes diferencias culturales, el temor a la muerte está muy arraigado en las sociedades occidentales. Este temor se encuentra generalmente, encubierto,  es producto del aprendizaje y de la negación social y conduce a sentimientos falsos de inmortalidad en los que habitualmente nos encontramos inmersos. Múltiples factores han contribuido al desarrollo del temor que genera el enfrentamiento a la muerte:

  • La pérdida de sentido de trascendencia y de creencias que ayuden a dar sentido al sufrimiento, al dolor, a la vida y a la muerte;
  • La cultura del “hacer” más que del “ser” en la que vivimos y en la que el moribundo ya “no sirve para nada”, y
  • La vivencia actual de la muerte como experiencia de aniquilación más que de continuidad

Entre los temores a la muerte se pueden definir tres grupos diferenciados: los relacionados con lo que ocurre después de la muerte  (por ejemplo, los temores asociados con el destino/degeneración del cuerpo; con el juicio después de la muerte: castigo, revisión vital, y los relacionados con el enfrentamiento a lo desconocido); los temores relacionados con el proceso de morir (tales como el miedo al dolor físico, a la pérdida de dignidad, y a ser una carga para otros), y los temores vinculados a la pérdida de la vida en general (por ejemplo aquellos relacionados con la pérdida de control y dominio; los temores a no poder completar planes definidos previamente, y los miedos a separarse de la vida).

No sólo la persona que se enfrenta a la muerte experimenta estos temores sino también los familiares de personas en estado grave. El temor a estar presentes o ausentes en el momento del fallecimiento; a producir o acelerar la muerte; a la progresión de síntomas; a no poder ayudar a su ser querido en un momento de crisis; a no poder controlarse emocionalmente y a enfrentarse a su propia mortalidad son comunes en familiares de moribundos y tienen diversas manifestaciones. En ocasiones los familiares se resisten a hablar con el moribundo acerca de su condición, o desplazan sus preocupaciones de manera que se centran por ejemplo, en que ha dejado de comer, en lugar de centrarse en que está perdiendo la vida, lo cual resulta muchos mas amenazante y ansiógeno. 

Los profesionales que trabajan con personas cercanas a la muerte tampoco están exentos de estos temores. En ocasiones se escogen las profesiones sanitarias de forma inconsciente, como forma de controlar la temida muerte. A veces el temor a la muerte se refleja en el distanciamiento afectivo del moribundo o en la evitación del encuentro con él.

Este artículo describe cómo la muerte está relacionada con la psicopatología pero también con el sentido de la vida y cómo forma parte de ella. Se aportan pautas concretas para llevar una vida con plenitud que permita morir con serenidad y satisfacción.

PSICOPATOLOGÍA Y MUERTE
El temor a la muerte forma parte de conflictos psicopatológicos. El optimismo exagerado del maníaco es una muestra de su negación del dolor, de la muerte y de la pérdida. El melancólico por el contrario, de una forma inconsciente, se declara muerto en vida; vive como si estuviera acabado y lo mejor fuera morirse. El obsesivo-compulsivo, con su rigidez, falta de espontaneidad y comportamiento estereotipado exhibe una gran dificultad para elegir, porque elegir supone morir un poco (Fernández-Martos, 1989). De ahí que se involucre en rituales estereotipados (por ejemplo, lavarse las manos repetidamente) que le crean la percepción ilusoria de que así conserva su vida cuando lo que ocurre es lo contrario. La vida además, no es para conservarla, sino para vivirla. 

El temor a la muerte se ha vinculado a problemas de sueño, representando el insomnio el temor a dormir y no despertar. Sólo la certeza de que el yo va a reencontrar el mundo de los objetos al despertar hace posible que el sueño sea placentero.

LA MUERTE A LO LARGO DEL PERIODO EVOLUTIVO
La muerte es un ingrediente básico de la vida desde el momento en el que nacemos y decimos adiós a la protección y calidez que encontramos en el útero materno. Sin embargo, esta pérdida de protección aporta respiración autónoma (libertad) y un desarrollo acelerado de los sentidos. Lo mismo pasa en otras fases del desarrollo: en el destete se utiliza el chupete como defensa contra el dolor que genera la ausencia de la madre, pero dicho dolor facilita que el bebé se pueda fijar en otros rostros y ampliar su mundo afectivo e intelectivo. Es por ello entonces, que para vivir con autonomía sea imprescindible celebrar duelos (Fernández-Martos, 1984).

LA MUERTE COMO INGREDIENTE DE UNA VIDA CON SENTIDO
La vida y la muerte están por tanto, estrechamente vinculadas. Contar con la muerte es dar peso y estructura a la vida. Con el fin de relacionarnos positivamente con la vida, debemos confrontar nuestro temor a la muerte. Generalmente morimos de la misma forma en que vivimos: si tenemos miedo de vivir, tendremos miedo de morir. Para los maestros orientales, la vida y la muerte son la misma cosa. El morir no se contrapone al vivir sino al nacer: nacer es entrar, dice  Lao Tse, morir es salir.

Nuestra muerte tendrá sentido en la medida en que seamos capaces de descubrir el sentido de nuestra existencia, y viceversa. Sólo aquéllos que pueden vivir una vida plena pueden morir con serenidad. Los que no lo hacen experimentan temor y sufrimiento ante la muerte e intentan conservar la vida tan desesperadamente que no son capaces de disfrutar de ella porque no se arriesgan a vivirla. Viviendo una vida plena se da por tanto, significado a la muerte.  No vivir una vida plena supone una sensación continua  de insatisfacción, experimentar las pérdidas y la muerte como una derrota, temer el abandono y la soledad y ausencia de actividad creativa entre otras cosas.

La muerte le da sentido a la vida: nos enseña a apreciarla. También el amor, las relaciones, los proyectos vitales contribuyen a ello. Sin embargo, cómo encontrarle sentido a la vida en el seno de sufrimiento, pérdidas y deterioro es una cuestión difícil de resolver. Como decía V Frankl, psiquiatra Vienés creador de la logoterapia o terapia del sentido, superviviente de varios campos de concentración: cuando la vida le enfrenta a uno a pérdidas de todo aquello que le ha dado sentido hasta entonces, habrá que buscar un nuevo sentido, y éste nuevo sentido puede ser sobrevivir (Frankl,  1959). Describía este autor diferentes fuentes de sentido: la experiencia del amor; la vivencia de la naturaleza; la experiencia del arte y la cultura; el sentido del humor, y el sentido del pasado, que aporta continuidad.  Aceptar el desafío de sufrir, relataba Frankl,  es fundamental para vivir satisfactoriamente.

Formas de integrar la muerte en la vida incluyen:

  • Reflexionar sobre la vida: Cuando alguien se acerca a la muerte, generalmente reflexiona; reflexiona sobre la vida que ha llevado y la revisa. Reflexionar sobre la muerte es por tanto, reflexionar sobre la vida.
  • Aprender a celebrar duelos y a decir adiós: Abandonar la casa familiar, aceptar el deterioro del propio cuerpo con el paso del tiempo, los cambios de trabajo, la jubilación, etc. implican diferentes formas de despedida. Por el adiós se convierte algo presente en pasado. No saber decir adiós es estancarnos en el proceso de vivir. Lo opuesto al adiós es el inmovilismo, la dependencia, las relaciones simbióticas. Decir adiós implica acoger el riesgo de vivir (García Monge, 2009)
  • Arriesgarse: Arriesarse a disfrutar, a perder, a sufrir, a doler, a reír y llorar, a mostrarse como uno verdaderamente es, a sentirse vulnerable, a vivir, a decir adiós para poder pronunciar un hola como apertura a la experiencia.Decir adiós nos hace sentir vulnerables, pero la vulnerabilidad nos hace conectar. En las relaciones humanas íntimas hay conexión, pero para que se produzca la conexión uno se tiene que mostrar vulnerable. Esto es imposible que se produzca cuando no tenemos un sentido de pertenencia o de amor profundo. Las personas que “conectan” comparten un sentimiento de coraje para ser imperfectos; tienen la compasión que les permite ser amables consigo mismos; pueden conectar como resultado de la autenticidad (esto es, se permiten ser lo que son, no lo que deben ser), y abrazan la vulnerabilidad como algo necesario: se arriesgan a actuar sin garantías de éxito. La vulnerabilidad es fuente de creatividad, de pertenencia y de amor, y permite aceptar las propias limitaciones, proporcionando encuentros humanos auténticos. El problema es que tendemos a anestesiar la vulnerabilidad: convirtiendo lo incierto en certero, o intentando que todo sea perfecto.
  • Vivir la soledad: Ser capaces de vivir la soledad facilita poder salir al encuentro de los demás, no desde la angustia de sentirse morir, sino desde el deseo del otro. Esto es, buscamos al otro desde nuestro más profundo querer estar con él, no utilizándole para cubrir nuestra soledad (Fernández-Martos, 1977). Es desde este lugar que debemos salir al encuentro de los demás porque es indudable que decir un último adiós es más fácil cuando tenemos relaciones que nos acompañan y nos proporcionan los recursos para caminar junto a ellos.


MUERTE Y PSICOTERAPIA
La psicoterapia puede proporcionar alivio y apoyo, así como facilitar el enfrentamiento a nuestros temores más profundos. Facilita la autoaceptación y la reconciliación existencial y puede ayudar a convertir sentimientos destructivos en constructivos, clarificando e interpretando las vivencias relatadas.  Sin embargo, al igual que la medicina, no puede conseguir “curar” siempre. Pero como decía Woody Allen, no es necesario morir en un estado de gracia psicoanalítica total. Lo que es necesario es morir habiendo vivido una vida plena, auténtica y satisfactoria.

Ficheros adjuntos: