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La importancia de poder morir en paz y en compañía

 

Morir no tiene que ser necesariamente un hecho desgraciado. Aunque nuestros condicionamientos culturales sean fuertes, es posible aprender a recibir la muerte con serenidad y sin tantos miedos. Murió en paz puede ser una experiencia difícil de definir, pero fácil de detectar cuando una persona termina su vida en unas circunstancias, como pueden ser las siguientes: murió sin el estruendo frenético de una tecnología puesta en juego para otorgar al moribundo algunas horas suplementarias de vida biológica; morir sin dolores atroces que monopolicen toda la energía y la conciencia del moribundo; murió en un entorno digno del ser humano y propio de lo que podría ser vivir su hora más bella; poder despedirse de familiares y amigos y que le permitan partir; no morir solo; morir manteniendo con las personas próximas contactos humanos sencillos y enriquecedores; morir como un acto consciente; murió con los ojos abiertos, dando la cara valientemente y aceptando lo que llega; morir con un espíritu abierto, aceptando que muchos interrogantes que la vida ha abierto quedan sin respuesta; morir con el corazón abierto, es decir, con la preocupación del bienestar de los que quedan en vida; murió pensando en la posibilidad de que su experiencia puede estar ayudando a otros; morir con la conciencia tranquila; morir con humana y serena nostalgia de los que dejamos (personas y cosas).

BUEN MORIR. Parece indiscutible que si algún derecho tiene un mortal es que le respeten su morir y que, por tanto, nadie reglamente su agonía, como ocurre en los hospitales. Petrarca decía que un bello morir honra toda la vida. Con esto quería decir que una "buena muerte" puede dar sentido a toda una biografía. Biografía que en gran medida condicionará de alguna manera la forma de morir de cada uno. Lo que en este estadio necesita más el enfermo es dejar de oír: "Esto irá mejor mañana"; reconocer sus penas como fundadas; su muerte inminente como una realidad; su tristeza como natural, válida y no culpable; ayudarle a explorar sus fantasmas y sus angustias, sobre todo si el turban hasta el punto de impedirle descansar; estar disponibles cuando tenga necesidad de alguien y sepamos dejarlo solo cuando lo desee; aportarle toda la comodidad posible para que su cuerpo se le haga como menos pesado mejor; ser al menos tan realistas como él: confía en que nosotros no le impondremos tratamientos interminables, que no tienen como finalidad aliviarlo y que tomaremos decisiones inteligentes con respecto a su estado, con su participación cada vez que esto sea posible.

COMPAÑÍA FINAL. La muerte es la experiencia universal menos compartida en el mundo. No se puede llegar hasta el final, porque en ella siempre hay uno que se queda y otro que se va. Pero sí se puede llegar hasta la puerta y decir adiós. Es una exigencia muy fuerte, pero hasta allí llega el respeto por lo humano en el hombre. El moribundo necesita saber que no la hemos abandonado. Por eso exige nuestra presencia física. El calor humano vivifica el que se muere, mientras que la soledad acentúa el dolor de despedirse de la vida. Debemos asegurarnos de que, siempre que sea posible, estén alrededor de la cama las personas que ama la que está muriendo.
Desde el punto de vista práctico, se pueden dar las siguientes orientaciones: redefinición de objetivos, que estarán obviamente dirigidos aún más si fuera posible proporcionar un confort óptimo al paciente y la familia; aumentar el número y / o duración de las visitas; intensificar los cuidados del enfermo; incluso pocas horas antes de morir, es frecuente que algunos familiares aún manifiesten su preocupación porque el enfermo no come y solicitan la administración de sueros. Reforzaremos la idea de que la falta de ingesta es una consecuencia y no la causa de la situación y que si le cuidamos la boca adecuadamente, no tendrá sensación de sed, por lo que las medidas más agresivas (sueros, sondas nasogástricas, etcétera) son más perjudiciales que beneficiosas; instrucciones concretas (fármacos a administrar o aparición de complicaciones). La aparición de estos problemas puede provocar fácilmente una crisis de claudicación emocional de la familia, que acabará con el enfermo agónico en un servicio de urgencias; en esta fase es muy probable que el enfermo ya no sea capaz de empassarse los medicamentos que tomaba hasta ahora para controlar los síntomas. En esta situación es muy frecuente tener que administrar la medicación por vía subcutánea; aunque el enfermo esté obnubilado o en coma, puede tener percepciones, y por eso vamos a ser muy cautos con lo que hablamos delante de él. Si es necesario, saldremos de la habitación para hablar, pero procuraremos no susurrar a su lado y recordar la importancia de la comunicación no verbal (caricias, darle la mano etcétera); interesarse por las necesidades espirituales y religiosas del enfermo y su familia, poniéndolos en contacto con un sacerdote si lo piden; dar consejos prácticos para el momento que llegue la muerte (papeles, funeraria, traslados, etcétera) y no dejarlo precisamente para el doloroso momento en que ésta se produzca.

GRATIFICACIÓN. Acompañar y cuidar enfermos terminales es una tarea dura, porque nos coloca frente a frente con nuestra propia muerte. El trabajo cotidiano entre el dolor, el sufrimiento, la decrepitud y la muerte puede llegar a ser emocionalmente agotador. Y, sin embargo, puede llegar a ser extraordinariamente gratificante. Los enfermos nos dan la oportunidad, si estamos atentos, de aprender muchas y muy importantes cosas a su lado. No debe haber nada más triste que morir solo, o como dijo Luis Cernuda, el miedo de "irnos en sólo a la sombra del tiempo". En algunas ocasiones y gracias precisamente a los voluntarios, se conseguirá que el enfermo pueda estar en su casa o que no muera solo. Esta es una de las ocasiones en que los voluntarios darán una medida exacta de su importancia.