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  • El profesional de la salud ha de cuidarse para poder cuidar

    Cuidar tiene costes en las personas que atienden procesos finales de vida. Esto se puede constatar en los testimonios, que muchos profesionales de la salud han dado sobre su relación con los pacientes, en publicaciones sanitarias o libros corporativos. Por ejemplo, Sonia Fuentes, psicooncóloga, dice que “la enfermedad del cáncer permite que no solo quien lo padece y la familia se puedan despedir, también lo podemos hacer los profesionales. Yo siempre me despido desde el agradecimiento a las personas que me han permitido estar con ellas en ese momento de máxima intimidad. Siempre les estaré agradecida”. Todo aquel que atiende un final de vida puede suscribir estas palabras. También, al respecto, se ha pronunciado la hematóloga Christelle Ferrà: “He llegado a entender lo que se siente en la guerra. No estamos inmunizados ante el padecimiento. ¿Sabes qué es lo que nos aguanta? Pues el vínculo que se establece entre los profesionales. Son un poco aquello que los antiguos decían compañeros de armas”.

    Estas reflexiones son importantes por manifestar un tema tabú. Vivimos en una sociedad donde el ritmo es vertiginoso, donde todo caduca: desde los equipos tecnológicos, pasando por las relaciones y hasta las emociones. Parece que nuestra única vía es olvidar y pasar página. Por este motivo, existen pocos espacios de reflexión en el mundo sanitario para hablar de lo que nos sucede cuando muere un paciente que hemos cuidado durante un tiempo.

    Para Jorge Tizón se establece una relación: “Toda relación entre un asistente y un consultante implicará una relación interpersonal que a su vez se configura como una relación asistencial”. Las características de la relación asistencial son muy concretas. Es asimétrica porque es el vínculo entre una persona que está sana y otra que no, la cual tiene sus expectativas sobre su proceso de salud. Es, también, una relación profesional, porque la persona atendida espera que se actúe con profesionalidad y se encauce el problema. Y es, al mismo tiempo, una relación de ayuda centrada en las personas.

    Relación asistencial. Para establecer la relación asistencial se deben tener claras las respuestas a las siguientes preguntas: “¿A quién quiero acompañar?” Y: “¿En calidad de qué quiero acompañar?” A este respecto, cabe destacar que es indisociable el yo personal del profesional. Desde el punto de vista personal, trabajar con procesos finales de vida nos debería hacer plantearnos la vivencia anticipada de la propia muerte. Personalmente, antes de trabajar en el sector funerario había pensado poco en mi propia muerte o en la impotencia que nos generan las pérdidas. Tampoco en las pérdidas del pasado: lo que tuve y dejo de tener. Ni en las pérdidas del presente: lo que tengo y dejaré de tener. Mucho menos en las pérdidas del futuro: lo que desee y he tenido que renunciar. Respecto al rol profesional, es importante tener en cuenta tres ámbitos: la dimensión intelectual (nuestros conocimientos); la dimensión activa (las habilidades que tenemos), y la dimensión afectiva (nuestros valores, emociones y actitudes).

    Duelo. El duelo es esa experiencia de dolor, lástima, aflicción o resentimiento que se manifiesta de diferentes maneras con ocasión de la pérdida de algo o alguien con valor significativo. En palabras de Montoya Carrasquilla: “En la pérdida de un ser querido duele el pasado, el presente y especialmente el futuro. Toda la vida, en su conjunto, duele”. En ninguna otra situación como en el duelo, el dolor producido es total: es un dolor biológico (duele el cuerpo), psicológico (duele la personalidad), social (duele la sociedad y su forma de ser), familiar (nos duele el dolor de otros), y espiritual (duele el alma).

    Cuando hablamos de este proceso se hace necesario señalar que es único y que no se produce siempre de la misma manera. Nos afecta en seis esferas corporales: conductual, emocional, mental, espiritual y sensorial. Y lo hace de distinta intensidad porque la muerte de un paciente, amigo o familiar nos afecta de forma distinta según nuestro ciclo vital. Por eso es pertinente hablar de duelos y de procesos diferenciados, de la misma manera que es pertinente diferenciar el duelo de los familiares, del duelo de los propios pacientes, sean estos adultos o niños, o del duelo de los profesionales. La muerte de un adolescente va a ser más traumática que la de una persona de 95 años porque es contra natura. Pero una muerte de 95 años puede tener un gran impacto en una familia si en lugar de ser natural, es a causa de un suicidio. Aunque no forme parte de nuestros pensamientos habituales, tenemos la certeza de que va a llegar nuestra muerte. Los profesionales que atienden a personas tienen más niveles de ansiedad hacia la muerte de las personas. En España, el 80% de muertes se producen en instituciones sanitarias, sociosanitarias o residencias.

    Estrategias. Existen tres estrategias para los profesionales de la salud para afrontar el duelo. Existen las individuales, que indican que es necesario vaciarse, ventilarse emocionalmente, con todas aquellas actividades que resultan positivas para uno mismo. También hay estrategias de equipo, en la que se establecen espacios informales o formales donde establecer relaciones de confianza. Y, por último, hay estrategias institucionales: generar espacios y formación para profesionales. Cuanto más cuidados estén, mejor cuidarán.